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Los topes de la FIFA llevan cuatro años con dolor de cabeza. Es que desde que en la pantalla gigante del estadio de la final de la Copa del Mundo apareció el mensaje: “Adiós Alemania 2006, ¡nos veremos en Sudáfrica 2010!”, el máximo regente del fútbol en el planeta ha vivido en una zozobra constante por haber hecho la apuesta política de darle el primer Mundial de la historia a un país africano.
Todo empezó en 1998 cuando el entonces CEO de la FIFA, Joseph Blatter, se presentó como candidato para la presidencia de la organización deportiva más poderosa del planeta. Su rival era Lennart Johansson, presidente de la UEFA, la Confederación Europea, quien además tenía un gran poder de convocatoria, así que Blatter hizo una jugada brillante y se llevó los 53 votos de África al garantizar que el continente negro sería sede del Mundial de 2006, hecho inédito pues hasta la fecha la Copa del Mundo sólo se había disputado en Europa y América.
Blatter ganó la presidencia de la FIFA y de inmediato quiso cumplir su promesa. El Mundial de 2002 ya estaba destinado a Asia, con Japón y Corea como sedes conjuntas, y el 8 de julio de 2000 Sudáfrica debía ser elegida como sede de la Copa en el 2006. Sin embargo, las potencias europeas no vieron con buenos ojos que el evento se disputara en el tercer mundo. A fin de cuentas los últimos mundiales, todos éxitos comerciales, habían tenido como sede a naciones que ofrecían una infraestructura y unas ventajas logísticas que favorecían tanto a la comercialización del evento como al desarrollo exitoso de éste; así las cosas, África perdió y la elegida fue Alemania.
Ante esto, Blatter vio que su posición política corría riesgo y tomó una salida fácil: se inventó un sistema de rotaciones que garantizaría a todas las confederaciones continentales ser sede de una Copa del Mundo. Asia lo había sido en el 2002; Europa, en el 2006, y por orden del presidente de la FIFA, África lo tenía que ser en el 2010; así como Sudamérica en el 2014.
La elección de la sede de la Copa del Mundo del 2010 fue el 15 de mayo de 2004 y los candidatos eran Sudáfrica, Egipto y Libia. Ninguno convencía a las potencias europeas en cuanto a infraestructura pero parecía que Egipto tenía las mejores condiciones al estar sobre el Mediterráneo, es decir cerca a Europa; tener una liga de fútbol fuerte, lo que garantizaba estadios medianamente modernos y ser un país con el dinero del petróleo que garantizaba inversión en obras.
Pero Egipto, como Libia, cargaba con la mala imagen del terrorismo árabe y el tema de la seguridad fue determinante a la hora de la elección de Sudáfrica, así como la imagen de Nelson Mandela, el carismático líder sudafricano famoso en todo el mundo por su lucha por la igualdad racial.
De esta manera Sudáfrica, que comercial e ideológicamente le ofrecía ciertas ventajas a la FIFA, fue elegida como sede de la Copa 2010. El meollo entonces era mirar cómo una nación del tercer mundo podía cumplir con las exigencias logísticas de un mundial.
La Herencia del Rugby
La primera demanda de la FIFA para una Copa del Mundo es, por supuesto, el tema de los estadios. Sudáfrica había sido sede del Mundial de Rugby de 1995, un evento mucho menos masivo, televisivo y comercial que uno de fútbol; pero ese campeonato le había dejado al país nueve estadios con ciertas características especiales que ya habían sido aprovechadas en otro certamen menor como el Mundial de Cricket de 2003.
Sin embargo, no todos los escenarios servían. Así que la FIFA hizo un paneo: de los de rugby los más imponentes eran, por capacidad, el Loftus, en Pretoria, y el legendario Ellis Park en Johannesburgo, templo del rugby sudafricano. Se trataba de estadios modernos, monumentales y con la posibilidad de fáciles mejoras en cuanto a salas de comunicaciones y prensa, que es en últimas el punto más importante para la organización de una Copa del Mundo.
A propósito, el tema de internet escandalizó a los organizadores, pues en Sudáfrica la cobertura de banda ancha era mínima y no iba a dar abasto.
En definitiva, de los nueve estadios del Mundial de Rugby (1995) cinco serán utilizados en Sudáfrica 2010, aunque a todos les realizaron arreglos, tanto en tribunas y silletería como en redes para comunicaciones Incluso las obras de infraestructura llevaron a que algunos escenarios fueran prácticamente reconstruidos como el Kings Park de Durban, ahora llamado Moses Mabhida, o el Olympia Park de Rustenburgo, hoy Royal Bafokeng.
Además, la organización de la Copa del Mundo mejoró las instalaciones de la casa grande del fútbol sudafricano, el Soccer City de Soweto, en Johannesburgo, y construyó cuatro nuevos estadios, entre otras cosas, los más modernos del continente: Green Point, en Ciudad del Cabo; Mbombela, en Nelspruit; el Peter Mokaba, en Polokwane, y el majestuoso Nelson Mandela, en Puerto Elizabeth.
En total, el Gobierno Sudafricano debió hacer una inversión de 1.150 millones de dólares sólo en estadios, una cifra gigantesca que, sin embargo, no se compara con lo que ha tenido que pagar para satisfacer las necesidades de infraestructura de la Copa del Mundo.
A Pagar se Dijo
La FIFA ya tenía estadios, al menos en obra porque, ¡cuidado!, los diez escenarios sólo estuvieron listos cien días antes del arranque del Torneo. En 2007 Sudáfrica no tenía aún la infraestructura necesaria para recibir tres años después a la Copa del Mundo.
Porque un mundial no se trata sólo de fútbol; se trata básicamente de la visita de millones de aficionados de todo el planeta que deben encontrar dónde dormir, cómo movilizarse entre un estadio y otro y que esperan estar seguros. Esa es buena prensa para el fútbol, para la FIFA y, por supuesto, para los anunciantes que pagan millones por hacer parte de la fiesta.
Los nervios por las demoras en la construcción de los estadios, por las noticias sobre la creciente inseguridad en Sudáfrica gracias a las pandillas urbanas, por la pobre capacidad hotelera y por el mal estado de vías terrestres y aéreas, hicieron que los anunciantes del Mundial empezaran a presionar a la FIFA. Incluso en el 2008 se especuló que el país podía perder la sede si no tenía todo listo para la Copa Confederaciones del 2009.
Alemania se ofreció para organizar el Mundial de nuevo si Sudáfrica no era capaz, algunos medios especularon que la Copa se realizaría en Brasil para que en el 2014 se disputará en territorio sudafricano y así darle más tiempo a este país de mejorar su infraestructura, pero Blatter se estaba jugando su prestigio así que por un lado calmó la tormenta y por el otro apretó las tuercas de su sede.
Finalmente, la Copa Confederaciones se realizó en sólo cuatro estadios, todos ellos heredados del Mundial de Rugby, pues los escenarios futboleros no estuvieron listos. Sin embargo, la cosa se solventó. El problema es que esta copa, a la que no asisten hinchas masivamente, evidenció un problema: la delincuencia.
Los índices de violencia e inseguridad se han disparado en Sudáfrica desde el 2008, y a la FIFA no le conviene en lo absoluto que su torneo se vea ensombrecido porque a los turistas los atracan en cercanías a los estadios. Así que hubo una nueva exigencia de desembolso a fin de mejorar la seguridad.
En consecuencia, en febrero pasado el presupuesto para mejorar la labor de las fuerzas armadas sudafricanas ascendió a US$6.000 millones. Eso implica que a Sudáfrica la realización del Mundial le costará más de US$9.000 millones de dólares, una cifra muy considerable para un país del tercer mundo.
Por supuesto, esta inversión favorecerá a los sudafricanos. Estamos hablando de mejoras en vías terrestres, modernización de aeropuertos, ampliación de la cobertura de internet y de mejorar la ya bien posicionada imagen de Sudáfrica como destino turístico, así como de darle impulso al país como centro de negocios.
Pero la apuesta ha sido muy, pero muy fuerte hasta este punto. En efecto, US$9.000 millones para una nación con el 40% de su población en el índice de pobreza y un desempleo del 25% es una cantidad desproporcionada para cualquiera que la mire. A pesar del dolor de cabeza que genera organizar un evento de esta magnitud para un país con las necesidades que tiene Sudáfrica y valga la pena mencionarlo, que no estaba listo para ello, el fútbol sigue siendo la mejor cortina de humo para disimular la recesión.
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